La vida de la hacienda de San Bartolomé del Monte

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AUTOR. Redacción


” Trabajamos desde antes de que saliera el sol hasta ya entrada la noche. Trabajamos hast los niños y a los niños nos pagaban tres centavos al día. Sí, a los ricos los debían de matar (Manuelito Castro 101 años de edad y ex -peón de la hacienda de San Bartolomé del Monte.

Se señorial casco se ubica en las faldas de espolón de la Sierra Nevada, a unos 3 kilómetros al sur Calpulalpan . Fue fundada sobre tierras pertenecientes a la tribus acolhuacas a través de mercedes reales otorgadas en 1614, en favor de Juan Pérez de Salazar y Cristóbal Hernández. Para 1960 se le conoce ya como hacienda de San Bartolomé aunque para entonces su propietario era ya un tal Melchor Urbano, señor también de la hacienda San Lorenzo y del Rancho San Miguel. El rescate de registro ha llegado a establecer como propietario de la haciendo en 1728 a Antonio Roldan Maldonado, en 1734 a José Francisco de Aguirre; en 1735 a Pedro Antonio Mendivil; en 1756 a Francisca Javiera de Guaraya; en 1776 a Andres Mendevil; en 1777 a José de la Barcena y en 1790 a José Ruíz de la Bárcena. A principios del siglo XIX su propietario fuel el Coronel Fulgencio Montaño quien, habiendo abrazado la cuss insurgentes murió en 1811 combatiendo a los realistas el pasaje Teostolitas, cercano a Calpulapan.

Durante el siglo pasado la hacienda fue propiedad de Luis Vidal Pontones. Dolores Araúz Viudad de Vidal y Manuel Fernández del Castillo y Mier por el año 1870.

La explotación de miles y miles de hectáreas de cebada, maíz y mayuegeras, más el sistema de peonaje acasillado, permitieron el pleno porfirismo a Fernández del Castillo y Mier, remodelar el casco adaptándole a la arquitectura neoclásica bajo la conducción del arquitecto Antoni Rivas Mercado. Así la casa grande fue rodeada de jardines y su explanada pórtico coronados con figu-ras de leones. La reja del frente del hierro forjado, fue mandada hacer a Europa y se dice que es replica de la existente en el castillo de Marimar.

Gran aficionado a la fiesta brava , del Castillo y Mier construyo en 1905 la plaza de toros d Calpu-lalpan y dos años más tarde en la ciudad de México la conocida como el toreo de la Condesa. Impulso en terrenos de la hacienda el ganado de lidia con pies de cría de Muribe y del Duque de Veragua, destinadas originalmente a la ganadería de Tepeyahualco, pero debido a una fuete sequia se trasladaron a San Bartolomé naciendo así la ganadería de El Jaral. Impulso también la cría de caballos de pura sangre.

Sus problemas económicos dieron lugar a que la plaza El Toreo fuera embragada. Más tarde don Manuel tuvo que vendar la hacienda , que contaba entonces con 12 mil 500 hectáreas con valor castastral de 280 mil pesos el más alto del estado, a don Ignacio Torres Adlid quien continuo mo-dernizándola, instaló aserraderos y un ferrocarril de cobil con una locomotora de vapor a la que se le conocía como “la Chiva”.

El movimiento revolucionario obligo a Ignacio Torres Alaid a salir del país y murió en Cuba en 1915. Por disposición testamentaria se construyo una fundación que administrara sus bienes y con sus productos sostener las escuelas de Calpulapan y el Hospital Juan Rivas de Torres.

Peón de la hacienda desde niño y habiendo conocido y servido a sus dos últimos propietarios, don Manuelito Castro vive a sus 101 años de edad, en la ranchería de Santa Cruz y pese a su sordera nos da testimonio de la vida en San Bartolomé

-Trabaje para la hacienda desde niño a veces de arrancador de maguey , a veces a la traza o de mozo en la casa grande , de mozo de estribo o de barrendero en los comedores. Como mis zapa-tos rechinaban mucho don día don Manuel y los invitados que traía se rieron mucho de mi mientras les atendía la mesa.

También trabaje poniendo alambre con los que instalaban el teléfono. Me trepaba a los postes, ayudaba a los técnicos. Don Manuel Fernández del Castillo, que tenia ganadería brava aquí, hablaba por teléfono cada quince días para ver cómo estaba el ganado. Y cada quince días salía para las corridas de México. LO llevaban por las noches para no asustar en los pueblos. Caminaban por delante avisando a la gente que se metiera a sus casas pues iba a pasar el ganado bravo. A la ciudad de México también entraban de noches.

Trabajé mucho en ese tiempo en el arranque de cebada y como no había todavía maquinas de trillar, se hacía en la “era”, a pura caballada y había que trabajar hasta en la noche, pues los carros cargados tenían que irse .

Nos levantaban con el alba y si alguno no se juntaban con los demás en el zaguán, los mayordo-mos o capataces iban por ellos y los sacaba de sus casas , los castigaban y los mandaban a traba-jar. Los encerraban los ricos aquellos , eran malos a esos ricos. Cargaban la riata cargaban el caba-llo contra los peones. Eran dueños de sus leyes, y la orden que daba el rico la hacían los mayordo-mos.

La gente toda estaba lista antes del alba, el canto del Alabado. La sacaban temprano a trabajar y en la noche, ya bien oscuro todavía estaba trabajando. Todos a trabajar, hasta los niños, la escuela era para los dependientes, los mayordomos del pulque los caporales. Si alguno de nosotros nadaba por la hacienda se les preguntaba ¿De quién es este muchachito? el fulano… al tajo al tajo!- No lo quiero ver más aquí en la hacienda, que se ande paseando. Y a juntar mezotes, a tumbar jejuite. Yo no tengo escuela. Ahora de grande quería yo entrar a la escuela y le juez me dice; ¿Cuántos años tiene usted?- Tengo cincuenta años – No, no de cincuenta años ya está muy grueso de vida. -Pero usted me mando a traer. -Si pero ya no. Y está usted muy alto de edad, cincuenta años y no. Po´s ya no entre…

-Luego compraron la maquina trilladora y fue otra cosa, ya paraba al terminarla y descansamos más. pero ni así nos permitían volver a la hacienda. Si terminamos a las dos o tres de la tarde habia que hacer otras cosas antes de regresar.

– Había un tal Zamora, malvado Zamora. Eran soldados de la uña, hacían muchas coas. muchas cosas a las muchachas, se las llevaban. Y nos ponía a trabajar a todos, hasta los chamaquitos, a lazar mezotitos, a desmostar, a percharlos. Había peones que venían a trabajar por semana desde Cuaula, San Marcos, de San Felipe, de San Mateo, San Bartolo, San Lorenzo. Pero se ganaba poquito, al sistema de las rayas le decían el “Chiltometl” , llegaba el sábado y el “Chiltometl”, veinticio centavos y llenaba el hambre. Cuando recibió la hacienda don Ignacio ya se llegó a pagar un tostón, pero en las demás daban 25 centavos. Yo empecé a ganar tres centavitos, como coleadorcito, tres centavitos diarios. Y después de ” la bola” pasa Madero y dice ¿Cuanto pagan?- Po´s ahora van a pagar un tostón y pasaba Carraza ¿Cuánto les pagan?- Nos pagan un tostón, – Pues ahora van a ganar 75. Y pasaba otra vuelta, pues ahora van a ganar un peso, un pesito diario… y así le fueron aumentando.

Bajábamos la madera del monte con atajos de burros, hasta que se decidió don Ignacio la madera del monte con atajos de burros, hasta que se decidió don Ignacio Torres Adalid y puso vía . Entonces la maquinita bajaba las vigas, los durmientes y también recorría las haciendas recogiendo el pulque para llevarlo a México todos los días.

-Don Ignacio no murió aquí, se fue lejos, muy lejos se fueron a morir. Y aqui quedó un administrador que no rayaba. Se bolseo el sueldo de los muchachos. La raya la mandaron de México en el tren pero el tal administrador se quedó y se fue con todo, como con cuatro meses de suledos. Entonces llegó de México un cajón grande lleno de papeles de esos que se estrenaron, de a peso. ¡A ver, todos esos que no han rayado, pues a rayar!. Mientras el administrador se fue con todo el dinero y no apareció. El que llegó con los billetes nomás rayó y se volvió a ir por donde había venido… lejos debían matar, ni modo.

– Cuando llego la gente de Carranaza murió Porfirio Bonilla, murió allí por la calpanería. A mí me agarraron con la yunta, labrando un poca de milpa, cajoneando… y que me ven y se van sobre mí. Yo estaba muy muchacho y me fui corriendo… y nomás me chiflaban las balas por la cabeza hasta que me escondí en una barranca tapado hasta la cabeza de zacatón… y me enterré en el suelo, y no salí hasta la noche cuando sentí que ya se habían ido, pensando que yo me habia escurridos por el monte… y fui a dar por San Cristóbal, por San Felipe, en la noche, buscando qué comer pues esta uno jodido. Por nada, no hay nada. No había nada que comer.

Durante la revolución comíamos los que encontramos. Penca de maguey, mezontete y cebada- Un día por poco me llevan los carrancistas con ellos. Pero ese día no fui a trabajar a la trilla, sino me toca irme con ellos. Dije: Yo ya cumplí, ayer me lleve un terciecito de cebada, pa´ comer, y ya no fu… que si voy ese día me hubiera tocado. A los demás se los llevaron los soldados, nomás pa´que se murieran.

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